Ofrenda a los muertos y ancestros en el Templo de la Eterna Primavera de México 

2 de noviembre del 2025 – Montaña del Dragón, México

El pasado 2 de noviembre el Templo de la Eterna Primavera se transformó en un puente luminoso entre mundos. Bajo los tejados curvos y entre columnas rojas que resguardan el silencio, las flores de cempaxúchitl se entrelazaron con el aroma de incienso, dando vida a un altar donde dos culturas dialogaron con naturalidad. El humo ascendía lento y tenue, llevando consigo los nombres y memorias de quienes ya no están entre nosotros, y el aire era pleno de una serenidad profunda, casi antigua, que abrazó a todos los presentes.

Las mesas rebosantes de fotografías, velas, pan de muerto, frutas, té y flores contaron historias sin palabras. Cada imagen colocada era un latido; cada vela, un recuerdo encendido; cada platillo, una caricia ofrecida a los seres queridos que transitaron antes por este camino. La ofrenda, decorada con tonos dorados, púrpuras y naranjas, no solo honraba a los difuntos a la manera mexicana, sino que integraba la antigua visión daoísta: reconocer la continuidad entre vida y muerte, comprender que el espíritu no desaparece, sino que fluye hacia otras formas de la existencia.

En el corazón del templo, los participantes depositaron en el fuego del incienciario papel amarillo simbolizando documentos oficiales y lingotes de papel dorado simbolizando dinero, estos se mandan a los difuntos para ayudarlos en el más allá, observando cómo las llamas transformaban la materia en plegaria, danzando como mensajero, llevando ofrendas simbólicas al cielo, recordándonos que el acto de quemar es también soltar, agradecer y bendecir. Los sacerdotes y discípulos recitaron textos sagrados, ayudando con sus voces resonantes entre los muros decorados con dragones y nubes, envolverlo todo en un manto de paz.

Lentamente, la comunidad avanzó frente al altar central, ofreciendo un incienso o una sencilla oración. Algunas personas cerraban los ojos; otras sonreían recordando; otras dejaron caer discretamente una lágrima luminosa. No hubo prisa: cada gesto encontró su propio ritmo, como si el templo mismo guiara a todos hacia un mismo pulso armonioso. Ese día, la Montaña del Dragón no fue solo un espacio físico, sino un santuario donde la vida se reconoce como un viaje cíclico, y la muerte, como un retorno amoroso.

Así, la tradición mexicana del Día de Muertos y la sabiduría Daoísta se entrelazaron como dos corrientes de un mismo río espiritual. En el Templo de la Eterna Primavera, el 2 de noviembre se convierte en un acto de comunión universal: honrar a quienes caminaron antes, celebrar su legado y permitir que, al encender una vela o al ofrecer una flor, la memoria se vuelva presente, y el presente, un instante de eterna primavera.