El primer latido del año: crónica de la luna nueva del año 丙午:  bǐng wǔ: fuego yáng caballo, en el 墨西哥的长春观 Templo de la Eterna Primavera de México 

En un día tan especial como el primer día de la primera luna nueva del año 丙午 bǐng wǔ: fuego yáng caballo (17 de febrero del 2026) el cielo sobre el Templo de la Eterna Primavera había despertado, la luz del sol poco a poco pinto de color dorado las tejas curvas del templo como si fuera miel pura. 

El reloj marcaba las nueve cuando vestidos con sus ropajes ceremoniales, el director del templo 邱荣道监员 qiū róng dào jiān yuán: Patrick Louchouarn junto con los músicos y monjes fueron a buscar al abad del templo 邱景威方丈 qiū jǐng wēi fāng zhàng: Hervé Louchouarn, para invitarlo a presidir la ceremonia; así es como empezó esta historia.

La procesión fue como un río que serpentea, los cantos surgieron, primero tímidos, luego seguros, llevados por instrumentos antiguos que parecían despertar las piedras de los jardines. Los 高功 gāo gōng: maestros de rituales del templo, con sus pasos medidos y sus túnicas ondeantes, marcaban el ritmo, junto con los discípulos se postraron en la plaza principal bajo esa luz de media mañana que ya empezaba a calentar. El gesto marcó algo más grande que uno mismo. 

Al entrar al templo, el mundo exterior se desvaneció, el incienso ya olía, y su humo dibujaba caminos secretos hacia el cielo. Entonces llegaron los cánticos a la Osa Mayor. Acompañados de su música, cada nota, cada sílaba, ayudaban a elevar las plegarias, en ese instante, el templo se transformó en un corazón latiendo, cuya intención y sinceridad tocó las fibras más profundas de nuestros seres. 

Cuando los cantos cesaron, el silencio fue breve pero denso. Luego, las manos se alzaron para izar  幡 fān: banderas sagradas, llenas de simbolismo se movían con el viento como si cobraran vida propia, al ondear, parecían susurrar secretos, mensajes que solo el cielo podría descifrar.

La ceremonia guardaba un momento de especial intimidad: 开光 kāi guāng: apertura de la luz; ceremonia para consagrar y vivificar los altares.  邱景威方丈 qiū jǐng wēi fāng zhàng: Hervé Louchouarn, con pinceles, espejos y alfileres fue tocando cada imagen, más que un gesto, era un despertar. De repente, aquellas figuras inhertes ya no eran solo eso, sus ojos, antes vacíos, parecían mirarnos. Esa luz dorada de una mañana de primavera dio un latido a cada imagen, y con ella, la promesa de compañía y protección para quienes las veneran con un corazón sincero.

Terminamos la ceremonia llenando el cielo con humo de inciensos de las plegarias de cada persona que nos acompañó a recibir este nuevo año, cómo una nueva oportunidad de crecer en conciencia, con tranquilidad, alegría y amor. Las varitas se quemaban lentamente, llevando nuestro mensaje a los maestros celestiales, las banderas sagradas ondeaban en sus astas, los creyentes se quedaban perplejos frente al sosiego general, todos los gestos de esta cultura milenaria se repetían en un ambiente mágico.

Al final, el sol ya estaba en su zenith. Las nueve de la mañana se habían convertido en casi mediodía sin que nadie lo notara. La luna nueva, terminaba su eclipse, invisible pero presente, seguía su curso en el cielo brillante, esperando su momento. El año 丙午:  bǐng wǔ: fuego yáng caballo acababa de empezar, sutilmente los participantes habían sido testigos de su primer latido. El aire olía a incienso y a primavera; el espíritu, a renovada esperanza.